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Hojeada
– La vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, también y canciller, se convirtió en la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de Colombia. –

​Por Marta Lucía Ramírez
Vicepresidenta y Canciller de Colombia

El año 1821 fue el de la unión de los Pueblos de Colombia. Año de reunión del Congreso general y fundacional de la vida republicana de las naciones hermanadas por el anhelo de independencia y libertad, de los hoy pueblos de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela.

Hace 200 años, una generación entera rompía las cadenas de más de 300 años de vida colonial, para dar forma popular, civil y representativa a la República de Colombia y empezar, desde allí, una institucionalidad y una cultura propia, signada por la libertad. Villa del Rosario hace mérito para tener un honroso lugar en la historia de la humanidad, como cuna de ideas políticas y de repúblicas.

Nunca debe ser trivial para Colombia el legado de la generación que en 1821 construyó una nación de ciudadanos y para ciudadanos, con un gobierno representativo, división de poderes y sometimiento a leyes justas, pertinentes e inclusivas. ¡Allí yacen las bases de nuestras entrañas fervientemente democráticas y vocación institucional!

Seguridad, libertad, propiedad e igualdad fueron los principios que convocaron la unidad de los Pueblos de Colombia, lo cual requirió dar forma a una arquitectura institucional que también otorgara firmeza a los deberes ciudadanos. La República fue creada en su momento, pero la ciudadanía y la cultura política debían madurar, dejar sus vicios y centrarse en las virtudes, las luces y el valor. ¡Ese es un encargo intergeneracional!

El decirse colombiano era algo nuevo que, en 1821, se comenzó a aprender y que, dos siglos después, se sigue construyendo. Fue el año de reconocerse en Colombia como nación y territorio y, además, empezar a ser ciudadanos para quienes tuvieron el derecho político y para quienes solo tuvieron el derecho social. El 6 de octubre de 2021 el país tendrá la oportunidad de reunirse en libertad y democracia, en el mismo lugar en el que lo hizo hace 200 años el Congreso general. Fue la determinación de los pueblos de Colombia, la que salió victoriosa, impulsada por un proceso que se gestaba desde 1781 y que nos llega a la actualidad.

Hoy, tenemos que admitir nuestros problemas y reconocer nuestras falencias como sociedad, pero debemos, con la misma energía, regocijarnos y enorgullecernos por lo que estamos haciendo para superarlos, y mostrar los logros que paulatinamente hemos alcanzado. Podemos decir con orgullo que hemos logrado consolidarnos en democracia, que hemos dado pasos importantes como Nación, y que tenemos el arrojo y la determinación para encaminarnos hacia el desarrollo con equidad. Incluso, para superar juntos los efectos de la pandemia, que ha causado preocupantes retrocesos en superación de la pobreza.

Esos avances constituyen, de por sí, el legado institucional que desde hace 200 años, se viene forjando mediante esas primeras leyes, que buscaban entre otros, la libertad de partos; la manumisión y abolición del tráfico de esclavos; la libertad de opinión y de imprenta; la contribución fiscal directa; y la extinción del tributo de los indígenas, como algunas de las innovaciones sociales y políticas en el tránsito hacia la libertad y la igualdad. Ahora, nuestro compromiso como la generación del bicentenario, es con la inclusión y la sostenibilidad.

La mujer

En su momento, quedaron inquietantes vacíos frente a la equidad, como la ausencia inaceptable de menciones a la mujer en la Constitución y ambigüedades sobre el ejercicio de la ciudadanía expresadas en la división entre el ejercicio de derechos políticos y derechos sociales. Sin embargo, hace 200 años el Congreso General consideró resaltar en el preámbulo de la constitución, que nacía una nación “que comienza su carrera política y que todavía lucha por su independencia”, quizá como un gesto de humildad y sentido de realidad. Hoy, 200 años después, no somos una nación novata, somos una nación que debe asumir su adultez para construir juntos, entre todos, su mejor versión.

Considerando la importancia de conocer la historia nacional, durante tres años, hemos avanzado en el proceso de celebración de la independencia nacional, con un alto contenido regional. Recorriendo cada sitio, cada población, cada evento que dio lugar a la Batalla de Boyacá para lograr la victoria militar y continuar hacia la consolidación definitiva de la República por todo el territorio, que en esta memorable ocasión nos lleva a honrar a la que puede ser considerada “Cuna de Repúblicas”.

Por ello, en Villa del Rosario, hemos coincidido en proyectar el Parque Gran Colombiano, como epicentro del turismo histórico y patrimonial. Un lugar de contemplación e inspiración democrática, donde surgieron las ideas políticas e institucionales para la Unión de los Pueblos.

En 2021, en tiempos de pandemia, somos cada vez más conscientes de que la humanidad requiere pueblos unidos para asumir las cuestiones globales. Cada una de nuestras naciones debe integrarse a las demás de nuestra región para superar la inequidad, la exclusión, el calentamiento global y las violencias.

Hoy, quiero compartir con ustedes el anhelo especial para que esta conmemoración sirva de inspiración a las mujeres que liderarán el futuro del país, porque nuestro compromiso, al abrir el telón de este tercer centenario que empieza a escribirse, pasa por la equidad de género y el empoderamiento de las mujeres en la política, la economía y en los diversos escenarios sociales. Esta es una manera de honrar la memoria de tantos héroes conocidos y anónimos, que nos entregaron -algunos a costa de su propia vida- la preciosa bandera de la libertad. Hoy nos corresponde afianzar la nación democrática, justa, educada, pluralista, próspera e incluyente que estamos llamados a ser.

La historia no para, y el 7 de octubre también estaremos conversando sobre el bicentenario del Ministerio de Relaciones Exteriores, que a propósito, nació en Villa del Rosario.

Columna publicada en La Opinión:
https://bit.ly/3l3YP3j

​Debemos reflexionar sobre la mejor manera de encontrar consensos en nuestra sociedad.

Por: Marta Lucía Ramírez
Vicepresidenta y Canciller de la República

Está bien tener el espacio abierto a la protesta social, pero un país en paro intermitente no es viable y conduce al empobrecimiento, la inestabilidad y al malestar social. Necesitamos crecer, generar empleos, abastecer las ciudades, seguir construyendo infraestructura y vivienda para que haya desarrollo y lo más importante: para que haya paz social.

Vivimos días muy difíciles para Colombia, y los augurios son inciertos. No obstante los esfuerzos gubernamentales para mitigar el impacto de la pandemia y acelerar la vacunación, muchos colombianos han salido a manifestarse por diferentes problemáticas y frustraciones que comparto, algunas de ellas acentuadas a raíz de la crisis sanitaria.

Evidentemente, la falta de empleos para nuestros jóvenes y mujeres, la pobreza, la corrupción en nuestra sociedad, la inseguridad en las calles, la falta de reconocimiento hacia el valor que tiene cada persona por el solo hecho de existir, el temor a contagiarse, los negocios a los que aún no dejan operar a plena capacidad, las mercancías bloqueadas en puertos y carreteras generan desasosiego, frustración y rabia.

Afortunadamente, el primer trimestre, después de nueve meses de caídas, la economía creció 1,1 por ciento, por encima del pronóstico y, de nuevo, por encima de varios países. El destacado desempeño de la industria y la construcción lo hizo posible. La confianza del consumidor y de las empresas llegó a niveles récord, y casi todos los sectores mejoraron. Recuperamos empleos y bienestar a un ritmo sin precedentes.

Ahora, el vandalismo, toques de queda y bloqueos en el marco de los paros, significarán otra caída. Según el Ministerio de Hacienda, el paro cuesta 480.000 millones de pesos por día, suma suficiente para subsidiar la vivienda a 24.000 familias, o construir 2.500 kilómetros de vías terciarias cada día. Esta situación perjudica injustamente a consumidores, empresas y al pueblo colombiano.

Los derechos individuales a la protesta y a disentir son sagrados, pero también lo es el derecho a trabajar para que las familias progresen y se generen más oportunidades de empleo. ¿Quién ha dicho que tiene derecho a vulnerar la garantía de movilización de alimentos, medicamentos e insumos necesarios para todos? El derecho principal es el bien común, el de todos nuestros conciudadanos, quienes pagan con creces los costos del paro y el vandalismo.

Desde la solidaridad y compasión, debemos entre todos velar por el bienestar de la nación y decir: “El país en modo paro” nos está perjudicando a todos.

Debemos reflexionar sobre la mejor manera de encontrar consensos en nuestra sociedad. Discutir de cara a la ciudadanía cualquier proyecto sin caer en la destrucción que ahonda la grieta social y afecta el patrimonio de todos. Ejercer la protesta es un derecho, pero es obligación hacerlo cuidando el patrimonio público, el empleo y el bienestar de los colombianos. Es un deber del Estado brindarnos garantías en el ejercicio de nuestros derechos a todos y garantizar el orden en nuestra sociedad, pero esto nos convoca a todos, sin excepción, a poner nuestro grano de arena. ¿A quién está beneficiando este caos? ¿Qué sigue en su libreto?

El crecimiento registrado y el mayor empleo nos indican que es hora de levantarnos para trabajar todos otra vez, sin más confinamientos ni bloqueos, e impedir que los promotores del odio nos dividan. Debemos, de nuevo, re-unir a Colombia y lograr la paz social.

Publicada en El Tiempo
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